@MartaMedina96 (twitter) -Nací en España, en el abril de 1996, mi pelo es castaño, y mis ojos son oscuros, pero mi piel sin embargo es muy pálida y tiene un montón de pequeñas cicatrices que tú no notarás, pero que allí están. Imperceptibles. Como yo. Algunas ni siquiera existen, y otras avanzan mucho mas y se esconden en el interior. Pero no hablemos de marcas en el cuerpo, o en el alma, para mí yo no soy sólo cicatrices. Sería demasiado triste y aburrido ser todo desgracias. Es más, en una descripción como esta lo único que puedo decir son datos irrelevantes, superficiales incluso, sin importancia alguna. Por eso te invito a entrar en mi pequeño mundo, a estar un poquito más cerca de mi corazón, que no sabe lo que quiere, y a quien nadie quiere, o al menos a hacerte una idea de mis pensamientos, que tampoco son muy claros, y se contradicen constantemente. Léeme. Escríbeme. Que yo todo lo que pongo, lo pongo por ti. No sé que más decir, aunque creo que no he dicho mucho... En fin. Necesitaras algo más para saber algo de mí. No puedes hacerte una idea de mi vida en sólo unas pocas palabras.

 

Si sigues llenando
de besos el calendario
de abrazos mis rutinas
y de caricias mi vida.
Voy a acabar poniéndole tu nombre a mi autobiografía.

(Y a ver qué coño hacemos entonces.)

A todos nos llega la hora
dicen.
Y se van sin hacer nada,
con la cabeza pensando en alguna chorrada,
“qué cara está la gasolina, he engordado tres kilos este verano, a ver si arreglo el fregadero que está atascado.”
Y entonces la muerte viene,
y tú no plantaste ese árbol,
ni hiciste aquel viaje
ni besaste al chico que siempre que pasabas te sonreía
ni leíste el libro del que tan bien te habían hablado.
Y al final llega el fin
para todos,
la hora maldita en la que te das cuenta de que no has vivido si no que te has limitado a existir. Esa es la única hora que hay que temer. Porque si has tenido una vida plena abrazas la muerte, y piensas “eras lo único que me faltaba por tener” y no te importa irte, porque has sido quien querías ser.

La última vez que hablamos en persona fue en nochevieja, te acercaste en vez de esquivarme cuando pasaste por mi lado, dijiste “feliz año” y mientras te inclinabas para darme dos besos pensé “sólo va a ser feliz si lo paso de tu mano”.
Días después en la noche de reyes tú pasaste con el coche y yo te pedí de regalo, y nunca lo supiste y nunca viniste, pero gritaste algo que ahora tanto tiempo después no recuerdo pero sirvió para perderme otra vez en el laberinto de la ilusión de poder tenerte otra vez.
A las tres de la mañana de ese mismo día te despedías de mí, última conversación por whatsapp en la que yo te entretenía para que no te fueras a dormir, “tengo que levantarme pronto para estudiar que hay exámenes dentro de poco” decías.
Y ahora soy yo la que tiene que estudiar, y tú has dejado de ofrecerte como profesor, y no sé si habrás aprobado ni si aquella última noche me soñarías como te dije que hicieras.
Y que sepas que echo de menos las marcas que me dejabas en las piernas, y como me mirabas desde las alturas de tu más de metro ochenta, y tu forma de bostezar y hasta como te metías con mi edad.
Por supuesto que quiero todas esas cosas de vuelta, pero no te equivoques, no quiero que las traigas tú.

Nunca te conté que mi mayor deseo era abrir la puerta de mi casa y que tú me esperases con el coche en marcha, para llevarme a algún sitio o para no salir de él.
Que me dijeses nada más subirme “buenas noches, buenos tardes” o lo que tocara ese día, y que después te inclinases para darme un beso que dejase sin aliento al sol, que fuera incluso capaz de calentar el invierno y cambiar el viento de dirección.
Y yo sería incapaz de dejar de moverme ya dentro, porque me pondría muy nerviosa pensando en qué harían tus manos a continuación, si subirían por mi falda o desabrocharían mi sujetador.

Nunca ocurrió.

Y que fuera algo tan fácil de conseguir con otros es lo que me causo dolor.

Prometíamos gemidos infinitos y una pasión arrolladora, una eternidad de saliva compartida y suspiros a media luz, con ojos cerrados, piernas abiertas y cuerpos entregados.

Al final sólo quedaron cuadernos narrando el desasosiego que deja lo que no fue ni pudo serlo.
Y también quedé yo, claro, en ellos escribiendo, y mientras en mi cabeza las palabras del maestro Sabina diciendo “siempre añoramos lo que nunca sucedió”.

Y no veas como extraño aquel coche al que no pude subir, aquel en el que no estuvimos juntos los dos.